EL POLO
Algunas personas inteligentes opinaban que la gestión del llamado impropiamente Patrimonio Nacional era mejorable. Obviamente lo era. Mas esas mismas personas, viendo tal gestión hecha por otras instancias administrativas -Ayuntamiento, Segipsa, Parques Naturales- aprendieron poco después que era también (valga el neologismo) Peorable. Los pecados del Patrimonio Nacional eran más de omisión que de comisión. Y ya se sabe: cuando hay omisión, los bienes no se potencian, pero siguen estando ahí, presentes. Mientras que la comisión los anula, cuando no los desvirtúa. En cuanto a los actos de soberbia del tantas veces mencionado Patrimonio Nacional eran, por así decir, marcas de la casa; no se olvide que el P.N. fue como la prolongación de la casa castrense-civil del general Franco, el caudillo.
Tomemos, como ejemplo in situ, el campo del polo de La Granja de San Ildefonso, donde practicaba dicho deporte Alfonso XIII y sus edecanes. Era una pradera herbosa de unas cuantas hectáreas; la adornaron un chalet, una tribuna, un idílico paseo de castaños indias, un cinturón de coníferas. El todo se enmarcaba en la impresionante estampa del Guadarrama. Según opinión de los conocedores: era el más bello campo de polo de Europa. Era, en verdad, una planicie donde la amplitud y la serenidad eran excepcionales.
La primera agresión al campo del polo consistió en una autorización hecha por alguien dentro del primer ayuntamiento democrático de San Ildefonso que permitió la instalación de un taller de reparación de automóviles en el Paseo del Duque, que sirve de marco al campo de polo.
La segunda consistió en partir la planicie en dos niveles, perdiéndose la unidad de uno solo de la extensión original. La tercera consistió en la recolocación de la tribuna. Con esta alteración se perdieron las líneas de fuga de dibujo -chalet y tribuna- y se comprobó que los paisajistas borbónicos eran muy refinados dibujantes que sabían sacar baza estética de cuanto tocaban, fuesen elementos hechos por el hombre o elementos naturales. De esta tribuna solía decir Carlos Parrondo, el notable estudioso del Real Sitio, que parecía arrancado de un filme de Visconti o de Fellini.
La cuarta agresión corrió a cargo del después alcalde, en aquel entonces concejal de urbanismo. El señor Vázquez, más complaciente con los horticultores de las parcelas de la Mata de Navaloa que con el Medio Ambiente, mandó talar una chopera. Merced a la codicia de un “tronca-troncos” y a la banalidad (no tengo datos para escribir Venalidad) profesional de un funcionario existía con anterioridad el proyecto de talar esa chopera, digna frontera entre dos zonas: una regia y otra suburbial. Motivado por el desasosiego un vecino acusó de este proyecto mediante una nota publicada en el Adelantado de Segovia, nota que fue recogida por la sección de Breverias en ABC. Y he aquí que se presentó en La Granja otro funcionario más cualificado a cantar la palinodia. Tenían mala conciencia, ya que habían salido a relucir en ABC. Pues bien: años más tarde, esta chopera la taló el Señor Vázquez en un periquete. Ya no había nada que hacer. “La defensa de los bosques era para los tiempos duros”, pensó el vecino de La Granja.
La enésima agresión esta sucediendo en estos mismos instantes. ¿Será para bien?. ¿Será para mal?. Las tribus celtibéricas de San Ildefonso, resistiremos la sensibilidad francesa o italiana que nos legaron los primeros pobladores. Una cordillera de piedras y de tierra vegetal adorna hoy el campo y jalona las siluetas de unos personajillos de dudosa pertenencia al arte contemporáneo del mundo de las puertas, en franco desacuerdo con el legado de aquellos dibujantes borbónicos virtuosos del paisajismo.
Contra lo que pudiera creerse este deporte no nació en Inglaterra -de donde vienen todos los deportes o la inmensa mayoría de ellos- Al decir de los eruditos nació en Afganistán donde una serie de nómadas a caballo se empeñaban a atrapar la pata de una cabra. Cuando fue adoptado por los monarcas del mundo hubo de sustituirse la cabra por dos postes mas allá de los cuales había que situar una pelota. Pero lo importante en este caso no es la cabra o la pelota, sino el más bello campo que fue de Europa.
La Granja, mayo de 2011
Pedro Fernández Cocero